Días para recordar. Prólogo y Capítulo I

PRÓLOGO.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” Jorge Luis Borges.

 

No debió sorprenderme que, después de pasar la mayor parte de la crisis redactando mis ensayos, y más tarde luchando por publicarlos, llegará a mi buzón aquella carta con el distintivo de la Organización Mundial de la Salud. Me sentí halagado e insultado a partes iguales; halagado por la oportunidad única que me brindaban, e insultado por no haberla recibido antes. «En aquel momento yo había alcanzado un cierto reconocimiento por parte de mis colegas, y mi ego no era proporcional a los logros obtenidos». Sin embargo, cuando la OMS me pidió que elaborara un borrador sobre los hechos que amenazaron a la humanidad tras aquel fatídico 23 de mayo de 2032, no pude evitar que una mueca de estupefacción se reflejara en mi rostro. «Dennise, mi querida esposa, preocupada, tuvo que tomar la carta de entre mis dedos para que yo escapase de las cavilaciones en las que había quedado atrapado». Como dije antes, en el momento me pareció una gran oportunidad, pero no tardaría mucho en arrepentirme de que aquella carta hubiera llegado a mi buzón.

En aquel momento, ya llevaba cinco años sumergido en la erudita labor de localizar, organizar y someter a análisis toda la documentación que se había emitido durante los años de la crisis. «La cantidad de ensayos, libros, folletos publicitarios y propaganda eran abrumadoras, y eso sin contar con todo el contenido de la red. Suponía una tarea casi inabarcable para un solo hombre». No es de extrañar que en el plazo de poco menos de un mes, desde la llegada de la carta, ya tuviera preparado un extenso borrador en el que había depositado gran esfuerzo y sacrificio. Un mes después, un funcionario de la OMS se presentó en mi residencia de Poitiers para informarme, en nombre de la Asamblea Mundial de la Salud, de que habían desestimado mi propuesta por ser “Excesivamente subjetivo y con una alta carga emocional que hace peligrar la veracidad de los hechos que se exponen”. Me avergüenza admitirlo, pero estallé, con la rabia y frustración que sólo un escritor conoce, contra aquel pobre e ingenuo chivo expiatorio que no tenía culpa alguna de mi desgracia. Al final, tras diez o quince intensos minutos, tomé aire y me recompuse de mi absceso de ira, e invité al joven, de forma extremadamente gráfica, a que les explicara a sus jefes por donde podían meterse mi “alta carga emocional”.

«Pensándolo bien, tal vez debería haber tomado más tiempo para recomponerme».

Así fue como me encontré con un discurso a medio hacer y una ingente cantidad de información sobre el tema, y también floreció en mi una nueva necesidad: Dar voz a todos aquellos individuos que no la encontraban en los fríos y exánimes artículos científicos (Como los que yo había estado realizando hasta hacía bien poco) y en aquellas novelas de ficción, llenas de héroes de acción e historias de amor forzadas. Lo único que agradezco a la OMS es que me diera el impulso necesario para salir del estudio e iniciar un viaje de conocimiento.

Las siguientes páginas forman parte de la producción resultante de aquel primer borrador y de mis viajes posteriores.

 

                                      BASE DE OPERACIONES MILITARES DE KAIRUÁN.                                 (República Islámica de Túnez)

«Encuentro el despacho del coronel abarrotado de ficheros y cajas de cartón a medio embalar, y al coronel tras su escritorio, reclinado sobre una confortable butaca de cuero negro. Tiene la chaqueta entreabierta, un collage de deslucidas medallas cuelgan sobre la guerrera sin el menor atisbo de su vieja gloria. Cierro la puerta tras de mí, pero él sigue ojeando documentos sin dar cuentas de mi presencia. Cuando decido tomar asiento frente a él, el coronel empieza a dictar, como si de un informe se tratase, los acontecimientos; datos precisos y ordenados que poco interés despiertan en mí, y que bien podría obtener de cualquier base de datos en internet, sin necesidad de recorrer más de 1500 km. —Interrumpo al oficial—, me fulmina con la mirada, pero detiene su exposición. Construyo mi petición en un francés chapurreado, pero aceptable. Asumo que el coronel me entiende, ya que rompe su rictus de disciplina y me sonríe. Tras unos segundos de reflexión el oficial retoma su historia, esta vez con un tono diferente. Supongo que los militares no están acostumbrados a que les pidan su opinión».

 

La vía que separaba el Zoco de los Orfebres del campus universitario estaba abarrotada de turistas que bajaban de autobuses estacionados en doble fila. Los pitidos constantes del resto de conductores, los gritos de los guías y el calor sofocante… propiciaban un ambiente de caos urbano absoluto. Yussuf Bélanger se revolvía en su asiento mientras agitaba el brazo por la ventanilla, indicando al resto de vehículos que le dieran paso sin mucho éxito. —Golpeó el volante haciendo sonar el claxon—, su superior le había avisado diez minutos después de que acabara su turno, mencionando no sé qué asunto de un accidente, y ahora estaba completamente atrapado en un atasco demencial que no tenía pinta de que fuera a resolverse pronto. En vista de que las señales, el coche de policía y el claxon no surtían efecto, Yussuf decidió encender las sirenas. «¿De qué sirve ser policía si no puedes hacer esto de vez en cuando? Y el que diga que no lo ha hecho, miente». Los coches fueron echándose a un lado lentamente, entre pitidos y gritos de los transeúntes que invadían la calzada. Avanzó por el estrecho pasillo que dejaban los vehículos y peatones, con cuidado de no golpear a ninguno y esperando el momento oportuno para dar un acelerón y desaparecer; estaba tan absorto esperando dicho momento que tardó en dar cuenta del hombre que golpeaba su ventanilla. Desvió su atención por unos segundos hacia él y a punto estuvo de chocar con otro coche. Detuvo el vehículo y bajó la ventanilla.

—¿Sí? —preguntó Yussuf malhumorado—. ¿Algún problema, señor?

El hombre lo miró desconcertado. —¿Cómo que si hay algún problema? —le respondió—. ¿Estas ciego o vas borracho, chaval? —señaló a un lado de la carretera.

Yussuf estaba a punto de mandar al cuerno al hombre y cerrar la ventanilla cuando fue consciente del humo que ascendía entre una multitud reunida en torno a su fuente. «Lo que faltaba, otro maldito accidente». No lograba ver nada desde su posición a causa de la gente; iba a tener que bajarse del coche tanto si quería como si no. La voz del comisario sonó a través de la radio, pero Yussuf ya estaba desabrochándose el cinturón y abriendo la puerta. «¡Mierda!, el comisario me va a echar una buena bronca por pasar de él». Se bajó del vehículo con resignación y caminó hacia la muchedumbre.

—¡Apártense, dejen paso a la policía!, aquí no hay nada que ver —gritó mientras avanzaba a trompicones entre la gente, intentando ver algo—. ¡Atrás!

Fue abriendo hueco entre la multitud hasta que pudo ver el accidente; la cosa pintaba bastante mal. Aunque el vehículo no parecía haber sufrido demasiados daños, la tienda de ropa contra la que había colisionado era otro tema muy distinto. Más de la mitad del vehículo se encontraba incrustado en el establecimiento, había cristales rotos del escaparate por todas partes y parecía que la gente ya se había llevado gran parte de la ropa que había en ellos. Buscó con la mirada a los heridos y vio a una joven magullada, estaba sentada en el suelo y la atendían algunos de los civiles que habían salido del circulo que rodeaba la escena. Se dirigió a la joven.

—Eh, chica, ¿Estas bien? —preguntó—. ¿Eras la que conducía? ¿Hay más heridos?

La chica no respondía, parecía conmocionada por el accidente. Permaneció un rato mirando hacia la escena del accidente, hasta que uno de los que se había acercado para atenderla, un joven, se acercó a Yussuf para explicarle la situación: La chica era la dependienta de la tienda, y por suerte la tienda aún no estaba abierta al público cuando se produjo el accidente, al parecer no había más heridos.

—Chico, ¿Ha salido alguien del vehículo antes de que llegara yo? —preguntó al mismo muchacho con el que había hablado antes.

—No… el tío del coche no se ha movido, pero es posible que este herido y no pueda moverse —respondió—. Nadie ha querido acercarse hasta que llegaran la policía o una ambulancia; la gente dice que puede ser peligroso… un borracho o algo así, quién sabe.

Lo primero le sorprendió. El coche parecía haberse llevado la mejor parte del accidente, no parecía muy grave y era improbable que el conductor estuviera inmovilizado o inconsciente. Aunque viendo la matrícula se veía que era un coche de alquiler. «Un guiri borracho al volante, ¿tal vez? —pensó Yussuf—. Eso hace que la teoría de que este inconsciente cobre fuerza. Es posible que siga durmiendo la mona contra el airbag».

Se dio media vuelta para dirigirse a la multitud que había a sus espaldas.

—Bueno, ¡sigan sin acercarse al vehículo! —dijo intentando hacerse escuchar por encima del ruido de la calle—. Voy a avisar por radio para que envíen una ambulancia. Avísenme inmediatamente si alguien sale del vehículo. Se acercó al coche patrulla. «Hay que joderse. Seguro que los demás ya han acabado con lo suyo, y mientras, ¿qué hago yo? Pues cuidar de un borracho. Ahora que lo pienso, ¿no mencionó el comisario algo sobre otro accidente antes?». Un grito desgarrador lo alejó de este último pensamiento. Arrojó la radio al asiento del conductor y se dio media vuelta sin llegar a escuchar el entramado de órdenes y avisos que se retransmitían a través de la frecuencia.

La multitud retrocedía ante el individuo que salía dando tumbos del vehículo accidentado: Varón caucásico, alto y de complexión fuerte, entre cuarenta y cincuenta años; sus bermudas beis y camisa amarillo chillón lo delataban como extranjero. Yussuf se acercó poco a poco al turista, este parecía desorientado y dolorido.

—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó muy despacio—. ¿Sabe dónde está?

«¿Entenderá algo de lo que le estoy diciendo?». El hombre miró a su alrededor en un intento de orientarse, hasta que pareció ver al agente de policía parado frente a él.

—Yo… no sé qué ha pasado. Estaba conduciendo hasta que empezó a dolerme la cabeza… no me encuentro bien —balbuceó el turista en francés—. Avise a un médico, por favor. Antes de que el hombre se fuese de bruces contra el suelo, Yussuf pudo colocarse bajo su brazo para apoyar su peso en el hombro; el tipo pesaba bastante.

—Le ayudaré a llegar hasta allí —dijo mientras señalaba el lugar donde estaba el coche patrulla—. Es usted francés, ¿no? —el hombre asintió con la cabeza—. No se preocupe, avisaremos a una ambulancia, y cuando se encuentre mejor me responderá a unas preguntas, ¿de acuerdo?

Yussuf estaba concentrado en guiar los pasos del hombre cuando el grito lo dejó descolocado e hizo que lo soltara, pero fue el brutal e inesperado derechazo en la mandíbula lo que lo sacó de la abarrotada calle, mandándolo directamente a la Luna.

Se despertó tirado en la acera. Sentía un zumbido en los oídos, como si tuviera un enjambre de abejas metido en la cabeza, y notó el sabor de la sangre que manaba del labio roto. —Escupió sangre a un lado—, se levantó con ayuda de un par de civiles que se habían acercado para ver si estaba consciente y echó mano de su arma. Mientras, el turista se agitaba a unos metros de él, aferrándose con fuerza la cabeza. Yussuf le apuntó. «He intentado ser amable, he intentado ser un buen policía y me han partido la cara. Ahora vamos a hacer las cosas por las malas, y rápido».

—¡Queda arrestado! —Gritó—. Échese al suelo, ¡Al suelo, vamos!

El hombre tenía la mirada perdida y balbuceaba frases en un idioma que no era francés. A Yussuf le pareció que la voz del hombre, bastante grave en su anterior conversación, sonaba ahora aflautada y extrañamente diferente. «¿Qué idioma es ese?, parece chino o japonés».

—No juegue conmigo. Si quiere decir algo, que sea en un idioma que ambos entendamos —dijo—, pero antes échese al suelo. No pienso repetirlo.

El turista lo observó con una mezcla de lo que parecía asombro y terror, y entonces avanzó hacia él mientras seguía balbuceando y agarrándose la cabeza. «¡Mierda! ¡Mierda!, ¿Por qué me tiene que pasar esto justamente a mí?».

Apuntó a la pierna derecha y abrió fuego. El disparo resonó por toda la calle y la gente que hasta entonces había estado formando un corro a su alrededor, empezó a empujar a los de detrás para alejarse del origen del disparo. Mientras, Yussuf observaba atónito como el hombre no solo no se tambaleó al recibir el disparo, sino que continuó avanzando sin reducir el paso. El segundo disparo impactó en la misma pierna, unos centímetros por encima del primero; esta vez el turista se precipitó hacia el suelo. «¡Joder!, espero que no se desangre, o será culpa mía». Antes de que bajara el arma, el turista hizo el amago de reincorporarse. Ante la imposibilidad de levantar su peso sobre la pierna destrozada, el hombre se arrastró con bastante velocidad hacia Yussuf. Era un espectáculo horrible, chillaba como un cerdo al que llevan al matadero, dejando un reguero de sangre a su paso. Estaba tan cerca de él que podía captar el olor a sangre y carne quemada que despedía.

—¡Detente de una vez, cabrón! —Gritó.

Nunca fue capaz de recordar los segundos que transcurrieron entre ese grito y el momento en que volvió a abrir los ojos. El sudor frío le empapaba la camisa y sostenía la pistola con tanta fuerza que tuvieron que quitársela con cuidado de las manos entumecidas. El cuerpo yacía a menos de un metro de él. Le había vaciado el cargador en el pecho. «Dios mío, ¿Qué he hecho?».

Cuando sus compañeros llegaron a la escena, informaron a Yussuf de que se habían producido doce incidentes similares por toda la ciudad, de forma simultánea…

… cuarenta y ocho horas más tarde, el número de disturbios provocados por estos incidentes obligaron a las autoridades a cortar las carreteras y detener toda la circulación no autorizada…

… dos semanas después se produjo el primer atentado terrorista en la capital.

 

De vuelta en el despacho del coronel…

«Yussuf Bélanger interrumpe su narración y alcanza una botella whisky escocés del cajón del escritorio. Me ofrece una copa, pero la rechazo. Él se sirve dos.

—Usted no podía saber sobre los delirios en aquel momento, coronel —dije—. Aun así, puedo ver que se culpa por la muerte de aquel hombre.

Yussuf sonríe ante mi afirmación.

—Yo no era un policía ejemplar, y nunca pretendí serlo. Eso lo habrá podido comprobar usted mismo a través de mi historia —dice mientras toma un sorbo de su primera copa—. Lo que nunca pensé es que fuese un hombre capaz de mirar a los ojos a un inocente y, aun así, apretar el gatillo. Eso nunca. Sin embargo, miré a los ojos a aquel hombre y, ¿sabe lo que vi? —vació la primera copa—. Vi miedo, vi a un hombre aterrado, confuso… y apreté el gatillo no una, sino seis veces.

—¿Por qué entró al ejercito entonces? —pregunté—. Tengo entendido que usted se presentó voluntario durante la crisis. ¿Por qué no se retiró?  

El coronel vuelve a alcanzar algo de sus cajones, esta vez saca una pistola y la deposita sobre el escritorio.

—Cuando aquella célula terrorista aprovecho la confusión provocada por los delirios… sentí que tenía la responsabilidad de hacer algo —dijo—. Después de haber visto de primera mano lo que le hacía a la gente, no podía quedarme sentado viendo como esos cabrones lo utilizaban para apoderarse de mi país e imponer sus creencias. Puede que ellos no fueran los causantes, como pensamos en un principio, pero está claro que lo aprovecharon. Eso es algo que nunca les perdonare.

Ambos nos quedamos callados, el coronel mirando su copa y yo mis notas.

—En un principio no pensaba contarle a usted nada de esto, pero no me queda mucho tiempo —confiesa Yussuf—. Dentro de tres días se convocan las elecciones, supongo que lo sabrá. Las calles están llenas de imanes repartiendo panfletos y dando sermones, y la televisión no deja de repetir la propaganda política con la esperanza de que alguien se la tragué —dice mientras toma su segunda copa—. Todas las previsiones indican que la Unión Ortodoxa Islámica ganará las elecciones.

—Y usted no está de acuerdo, ¿no? —pregunto.

—Los mismos hombres que financiaron a la célula terrorista contra la que luché durante los tiempos de crisis, dirigirán el destino de mi país —me responde con amargura—. Si tuviera veinte años menos y mis ideales intactos haría algo, pero ya no me siento con fuerzas. Tampoco hincaré la rodilla ni juraré sobre la constitución para protegerlos. Eso nunca —levanta la vista hacia el reloj de pared sobre la puerta—. Debería irse ya, amigo. Es tarde y las paredes tienen oídos. No me gustaría ponerle a usted en peligro; esta no es su guerra.

Pienso en una respuesta que cambié la decisión de Yussuf, pero veo en sus ojos que nada de lo que diga podrá cambiar sus planes. Me levantó y le estrecho la mano.

—Buena suerte, coronel. Gracias por compartir su historia conmigo. Puede estar seguro de que le daré buen uso. Salgo del despacho e intento no dirigir una última mirada hacia la pistola que reposa sobre el escritorio, al alcance de la mano de Yussuf». 

 

 

M. A. González Gómez © 2017.

https://www.safecreative.org/work/1712075042340-dias-para-recordar-prologo

https://www.safecreative.org/work/1712075042333-dias-para-recordar-capitulo-i

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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